sábado, 16 de septiembre de 2017





ALCALDES DE TARANCÓN
desde 1637 hasta 2017


       El Ayuntamiento de Tarancón, ha creado un nuevo espacio expositivo en la Sala de Comisiones, la que anteriormente se conocía como Sala de los Quijotes, en alusión a la magnífica colección de escenas del quijote en Terracota.
       La nueva exposición está formada por nueve paneles en los que además de situarnos en el contexto histórico de cada época desde el siglo XVIII hasta el presente, nos va mostrando la relación de los alcaldes hasta el período predemocrático, con el último alcalde, a caballo entre el período de la dictadura y las primeras elecciones democráticas a partir de la Constitución de 1978, (don Francisco Manzanares González), a los que sigue una colección de retratos, desde el primer alcalde de la democracia (don Antonio Dominguez Gallego), hasta el alcalde actual, don José Manuel López Carrizo.
       Hemos fotografiado los paneles, (no con la calidad deseada al no poder situar un sistema de iluminación adecuado y con espacio escaso para obtener encuadres y enfoque correctos), y aunque la mayoría resultan perfectamente legibles, hemos optado por incluir el nombre y el período de mandato bajo cada una de las fotografías.
       Nos parece una buena iniciativa y un elemento más para conocer la historia de nuestro pueblo.

Nota: Nos ha extrañado ver que desde 1637 hasta marzo de 1844, había dos alcaldes por legislatura. Hemos consultado con don Marino Poves Jiménez y nos aclara que hasta esa época se nombraba tanto a los alcaldes como a los regidores (concejales) por partida doble, unos por  "El Estado Noble" y los otros por "El Estado Llano", estando representadas ambas clases sociales. No fue hasta un decreto de Espartero (liberal) --que suprimía los Señoríos, y por tanto las diferencias entre clases sociales para cargos administrativos y representativos--, cuando pasó a haber una sola categoría de alcaldes y regidores.


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Recorriendo la Exposición:

















































Los alcaldes de la democracia:






ANTONIO DOMíNGUEZ GALLEGO
Primer mandato: 1979-1983
Segundo Mandato: 1995-1999








JOSÉ GARCÍA BARRIOS
1983-1985








JOSE MIGUEL RUIZ PARRA
1985-1987








JUAN MANUEL LÓPEZ GARCÍA
Primer Mandato: 1987-1991
Segundo Mandato: 1991-1995








RAÚL AMORES PÉREZ
Primer mandato: 1999-2003
Segundo mandato: 2003-2007
Tercer mandato: 2007-2011







MARÍA JESÚS BONILLA DOMÍNGUEZ
2011-2015







JOSE MANUEL LÓPEZ CARRIZO
2015- ...




     En resumen: nos parece una idea acertada habernos dado a conocer a todas esas personas que desde siglos atrás, dirigieron el día a día de Tarancón y aportaron su esfuerzo para el desarrollo de nuestra ciudad; y aunque comprendemos que pasado un tiempo los diferentes paneles terminarán siendo retirados de esa sala, sería deseable que se les destinara un lugar destacado, y no se nos ocurre otro más apropiado que la Sala de Personajes Ilustres de la Casa Parada, donde podrían contemplarse por las nuevas generaciones cuando acudan a visitar el Museo Lozano o cualquiera de las exposiciones o actividades lúdicas y culturales que allí se organicen en el futuro.


P.L.O.
En Tarancón: Opinión y Cultura
















martes, 5 de septiembre de 2017









TARDES DE TORMENTA


      Sería más o menos cuando yo tenía entre los ocho y los once años; y cuando en verano o el otoño los nulos berrendos* se adueñaban del cielo; esos que venían del Levante, mi madre nos contaba lo que mi abuelo Francisco decía a mi abuela María: “El nulo viene de Valencia, por detrás del camarón, será una nube mala*; voy a encerrar a las gallinas y a atar a la mula y echar el pestillo a la puerta de la cuadra y tú asegura las ventanas y mete los geranios en la cocina”.
     Pasados los años, mi madre, siguiendo la costumbre heredada de sus padres –seguramente ancestral–, y también por su miedo a las nubes de Valencia, cuando la tarde se tornaba oscura, muy oscura y se oía retronar cada vez más fuerte, y antes de que empezasen las culebrinas y los truenos sonasen más fuertes, nos recogía a los tres más pequeños y alguna de mis tres hermanas mayores también nos seguía hasta una habitación en la planta baja de la casa, y sobre una porción de suelo de madera, que ella decía que aislaba de la electricidad, junto a la ventana que daba al comienzo de mi calle y permitía ver la plaza Del Jesús, y allí, en torno a una mesa camilla y con una vela encendida por si cortaban la luz, empezaba a rezar el Trisagio*; una serie de oraciones a tres santos distintos y repetida por tres veces, para ahuyentar la tormenta y protegernos de los rayos y la piedra*:

Santa Bárbara bendita
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita
en el ara de la Cruz;
digamos tres veces: Jesús, Jesús, Jesús.*

     A medida que iba avanzando la oración la tormenta arreciaba y el cielo era cada vez más gris oscuro y las culebrinas eran más frecuentes y los truenos atronaban de verdad con retumbantes estampidos, y hacían vibrar los cristales de la ventana; y yo, embelesado con el espectáculo me despistaba de las oraciones, mirando sin pestañear el gran caserón que sobresalía tras la plaza, con un tejado a cuatro vertientes en cuyo vértice se erguía el mástil de un vetusto pararrayos, coronado por tres puntas en diagonal y rematado por otra más larga y vertical que apuntaban directamente al cielo. Y esperaba ansioso, pero sin suerte a que cayese un rayo para ver si resistía el pararrayos o si era destruido,  para contárselo al día siguiente a mis amigos de la plaza y del colegio; y contaba los segundos transcurrido hasta el trueno para calcular la distancia a que había caído, multiplicándolos por 340 que es la velocidad del sonido.
      No tenía miedo porque me sentía protegido tras la ventana, sobre el suelo de madera y por las jaculatorias a coro entonadas por mi madre y mis hermanos. Cuando la culebrina rasgaba el cielo todos nos santiguábamos y el tono de voz aumentaba para sobreponerse al trueno y al momento yo les decía: –ha caído a 450 metros, ya se va acercando, –y mi madre me miraba severa y con el dedo vertical sobre los labios, me mandaba callar y seguía desgranando las jaculatorias:

San Bartolomé salió
y a Jesucristo encontró.
–¿Dónde vas Bartolomé?
–Contigo Señor iré.

–Conmigo vendrás
al cielo entrarás
y te daré un don
que no se lo di a varón:

––¡¡Haaala!!, éste ha caído a 200 metros ¡¡La tenemos encima!!.
–¡Calla, por favor!

En la casa que tres veces
seas nombrado,
no caerá piedra ni rayo,
ni mujer morirá de parto,
ni niño de espanto,
ni labrador en su campo.

     Pasaron los años y ya de joven, un día, yendo desde Priego hacia Fuertescusa, en la Serranía de Cuenca, me sorprendió una fortísima tormenta, y una fuerte granizada con piedras del tamaño de avellanas se abatió sobre los pinos y las piedras empezaron a golpear mi coche y vi que estaba muy cerca de un pequeño  y corto túnel  seguido de otros, a los que los serranos llaman “La Boca del Infierno”, que es la puerta a los más espesos pinares de la Serranía; y justo antes de entrar, a mi derecha, apenas a cincuenta metros, un rayo rasgó el cielo y abrió de arriba abajo un pino, con un trueno instantáneo como nunca había oído.
     Me refugié en el túnel  a esperar a que amainara el pedrisco y recordé lo que años antes nos decía mi profesor de tercero de primaria, don Pedro Ortiz de León: “Si os sorprende en el campo una tormenta, nunca os refugiéis debajo de un árbol, pues puede protegeros de la lluvia o el granizo, pero atrae los rayos y el rayo puede mataros”.
     Hoy, a pocos días de los atentados de Barcelona, y ante el clamor de miles de catalanes que se manifestaban al grito de “Jo no tinc por” (“yo no tengo miedo”), ha venido a mi memoria todo aquello y he optado por no confiar en árboles amables y protectores cuando amenaza tormenta, y huir de los nulos que vienen del oriente y si la tempestad se cierne ineludible, prefiero pisar en un suelo de madera y tras la  ventana sentirme protegido por un pararrayos de cuatro puntas de platino e iridio, porque yo sí tengo miedo del rayo asesino y despiadado.  

P. López Ocaña
Desde la Carpetania
3/09/2017


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*Nulo berrendo: Nublo; nubes negras con ruido lejano de truenos que amenaza tormenta inminente.
*Nube: Sinónimo de tormenta, sólo cuando ésta puede producirse o ya ha pasado.
*Retronar: Truenos sordos y lejanos que anuncian que se aproxima una tormenta.
*TRISAGIO: del Latín tardío trisagïon, “tres santos”. Jaculatoria para varios usos, elegidos los santos según para qué fuesen abogados.
*No he podido recopilar completa la oración a Santa Bárbara ni la del tercer santo.
*Piedra: sinónimo de granizo de grueso tamaño dañino para el campo, en mi pueblo especialmente para las viñas.
*Culebrina: rayo visible y zigzagueante, de nube a nube o de nube a tierra. A sus ramificaciones, más débiles, se les   llama “chispas”.
*Pedrisco: Granizada de piedra destructora de cultivos.




domingo, 13 de agosto de 2017




El niño
García Pérez Etcétera

Jesús Torbado


      El escritor alcarreño Juan Pablo Mañueco, nos ha autorizado a publicar este artículo de Jesús Torbado, publicado en su blog “Asociación Cultural Castilla”. Han transcurrido 37 años desde que lo escribiera, pero pese al tiempo transcurrido, tiene plena vigencia por la despoblación progresiva de las tierras castellanas que también afecta gravemente a las zonas rurales de nuestra provincia y poco a poco va cerrando los caminos de futuro a nuestros jóvenes, que se ven forzados a emigrar a otras tierras, donde no siempre son bienvenidos, y las diferencias territoriales de nuestro asimétrico país (España), lejos de corregirse, han ido aumentando, y si Dios no lo remedia, aumentará todavía más no pasando mucho tiempo.

PLO. Redacción
En Tarancón: Opinión y Cultura


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NOTA ACLARATORIA DEL AUTOR:

     Poco antes de la publicación de este artículo la oposición de izquierdas y progresista en Euskadi había cuestionado una campaña del gobierno del PNV entre los escolares en la cual se aplicaban criterios antropométricos para determinar las características faciales y corporales de los escolares, así como se analizaba la genealogía de los alumnos, valorando el número de apellidos vascos.


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EL AIRADO VIENTO DE LOS PÁRAMOS MESETARIOS le enrojecía las orejas y fijaba bajo su naricilla dos sucios velones que le alumbraban al santo de los fríos y de la desolación. Un agujereado tapabocas granate se anudaba alrededor de su cuello, por encima de la pelliza de plástico ajado que le había mandado un primo suyo establecido en la capital. El niño García Pérez Etcétera vigilaba el confuso rebaño que su padre le había dado en mando: dos docenas de ovejas, siete cabras, una vaca, dos mulos y un asno. Una pareja de lebreles le hacía compañía aquella mañana helada de la estepa. El niño García Pérez Etcétera no tenía nada mejor que hacer.
Del pueblo se habían ido el cura, el médico y el maestro. El maestro había sido el último. Los señores de Madrid habían dicho que no quedaba dinero para costear su salario en la escuela rural y lo habían mandado a poner escuela veinte kilómetros más lejos. Los señores de Madrid habían entregado 2.000 millones de pesetas para las “IKASTOLAS” del Norte y otros muchos para las “ESCOLAS” del Este, así que no disponían ya de las 800.000 pesetas anuales que el maestro cobraba.
Pero el camino hasta la nueva escuela era arenoso y áspero y se tardaba mucho en llegar. Los señores de Madrid habían unido con autopistas todas las capitales de provincia del Norte y del Este y no tenían ya dinero para echar grava sobre aquel polvoriento-lodoso camino.
Como la camioneta tardaba tanto en llevar a los trece niños del pueblo hasta la nueva escuela, el padre del niño García Pérez prefirió que cuidase el ganado en lugar de tener todo el día al chiquillo por esos malos caminos de Dios. Ahora, la vieja escuela iba tomando la forma de todos los pajares semiderruidos del pueblo: llenos de gatos en celo, palomas en los desvanes, lagartijas aletargadas y arañas dormidas dentro de sus capullos.
Del médico sólo los más antiguos se acordaban. Cuando el niño García Pérez Etcétera se ponía malo, le daban leche caliente con vino y miel, y eso lo curaba todo, salvo los sabañones invernales, que no tenían cura, y las diarreas del verano a las que ya estaba acostumbrado. Médicos quedaban por ahí, desde luego, pero se dedicaban a contar los pelos que los niños del Norte tenían en las falanges de los dedos de los pies, a fiscalizar sus pecas, a medir sus cráneos y narices: estaban demasiado ocupados como para cuidar las pulmonías del niño García Pérez y de sus compañeros.
Y como el muchacho no iba a tener jamás una escuela a donde ir, toda su vida ignoraría algunos esencialísimos detalles de sí mismo, especialmente las claves de su código genético. A él y a su padre y a su abuelo no le importaban demasiado, pero la sociedad en que vivían padecería una terrible e inevitable carencia; la patria en que había nacido se tambalearía ante la flojedad de aquellos cimientos humanos del zagal que pisoteaba los terrones de la meseta.
Porque era una delicada e importante cuestión. De entre los cientos de García, Pérez, Rodríguez, Sánchez, Martínez y Suárez de su nombre, un estudio científico de aquel niño hubiera podido deducir notabilísimas conclusiones.
Hubiera adivinado, por ejemplo, que uno de sus antepasados fue el emperador Teodosio el Grande, que dejó preñada a una sus esposas cuando salió de Coca (Segovia) para gobernar el Imperio romano; que otro de ellos había luchado con Hernán Cortés en la conquista de México; que otro había sido conde de Castilla; que una de sus abuelas tuvo trato carnal con Abd al-Rahman III; y otra con el filósofo y médico judío Moses ben Maimón; que otro ancestro suyo había sido tío de un tal Miguel de Cervantes, aquel a quien sapientísimos hombres habían borrado de una calle de Lejona (Bilbao), para sustituir su opaco nombre por el del eximio poeta Ormaechea Orive; que otro había sido capitán de los tercios de Flandes y otro obispo de Esmirna, y uno más palafranero de Isabel II (“la Casta”).
Por lo demás, si el niño García Pérez Etcétera se hubiera sentado ante un culo de botella y lo hubiese utilizado como espejo, habría descubierto que poseía en su rostro 9618 pecas, lo cual hubiera podido cambiar el mundo si el maestro no se hubiese largado de su vera por orden superior, pues era el mismo que poseyeron Gobineau y Rosenberg; que brotaban 95 pelos sobre cada una de sus falanges (muchos de ellos chamuscados en la hoguera que tenía prendida), el mismo número que Hitler lucía; que las medidas de su nariz coincidían milimétricamente con las del más conocido jefe del Ku-Kux-Klan, un tal coronel W.J Simmons; que la implantación de su (nonato) vello público formaba el mismo dibujo que en vida tuvieron Jim Crow y el general Forrest, y, en fin, que la posición de las circunvoluciones cerebrales era idéntica a la que los arqueólogos hallaron en el cráneo de Nerón, y, feliz coincidencia, a las que aún hoy en día eran frecuentes en África del Sur y otras famosas regiones de la Tierra.
¿Y qué decir del color de sus ojos y de su sensibilidad gustativa? Los ojos eran de color pardo cuando contemplaba el ocaso y grises al mirar las primeras luces de la mañana. Ni el niño García Pérez se hubiera repuesto de esta sorpresa étnico-antropológica, si la hubiese alcanzado. Por otro lado, le gustaban las sopas de ajo, los garbanzos, las patatas viudas, las sardinas fritas, el tocino y las manzanas verdes. Era tan bueno es esto que incluso fabricaba chicle con un puñado de trigo recogido en las eras o en los campos.
Cualquiera de estos detalles hubiera permitido a un concejal medianamente cultivado o a un alcalde con el segundo curso de EGB aprobado escribir una enciclopedia acerca de la superioridad racial de aquel pastorcillo perdido bajo el invernal frío de la meseta.
Y si un buen genealogista hubiera echado leña al fuego del informe genético, teniendo en cuenta todos aquellos apellidos ilustres en el macuto vital del niño, a nadie le hubiese sorprendido que vinieran a llevárselo para nombrarlo director de la universidad de Harvard, u obispo de Roma, o rey de España mismamente.
Pero como hacía frío, estaba empezando a nevar, las cabras se desmandaban, uno de los mulos se había perdido y el cura, el médico, el maestro y su madre estaban lejos, el niño García Pérez Etcétera se puso a llorar en medio del campo, a la sombra de una zarza agostada, y lloraba como un perro, como un perro castellano.”

El País, miércoles, 3 de diciembre de 1980

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Jesús Torbado, un leonés nacido en 1943, a quien tuve el placer de conocer con ocasión de la entrevista que le hice para el libro “Diez castellanos y Castilla, y que el 3 de diciembre de 1980 publicó en el diario “El País” este artículo que resume mejor que nada lo que pasó con el ninguneo de Castilla y su cultura en la época de la Transición española.

El artículo no debería ignorarse si ahora se van a corregir algunas cosas que se hicieron mal en aquellos años de la Transición: la desigualdad entre los territorios de España y el olvido, partición y aventamiento de Castilla, por ejemplo.
El artículo, más bien, debería ser de gustosa lectura en todas las escuelas de Castilla y de obligado conocimiento por todo aquel candidato o candidata que quisiera dedicarse a la política en cualquier provincia castellana.










miércoles, 26 de julio de 2017

HISTORIA Y PENSAMIENTO






 



EL MONO QUE SE CONVIRTIÓ EN DIOS

«Hace 70.000 años, ‘Homo sapiens’ era todavía un animal insignificante. Pero en los milenios siguientes se transformó en el amo de todo el planeta y hoy en día está a punto de convertirse en un dios, al adquirir no sólo la eterna juventud, sino las capacidades divinas de la creación y la destrucción».

Así concluye ‘De animales a dioses’, una obra monumental en la que el historiador israelí Yuval Noah Harari explora las claves del éxito evolutivo de nuestra especie. EL MUNDO entrevista al autor de un fenómeno editorial que ya se ha traducido a 20 idiomas y llega ahora a las librerías españolas.

Por Pablo Jáuregui
44 EL MUNDO. MIÉRCOLES 17 DE SEPTIEMBRE DE 2014

EM2 / CIENCIA

     «Nunca convenceremos a un mono para que nos dé un plátano con la promesa de que después de morir tendrá un número ilimitado de bananas a su disposición en el cielo de los monos».

      Para Yuval Noah Harari (Haifa, Israel, 1976), la diferencia crucial entre el primate humano y todos los demás animales de la Tierra es que los sapiens no sólo son capaces de imaginarse cosas que nunca han visto, tocado ni oído, sino además de convencer a muchas otras personas de que sus fantasías (por muy descabelladas que sean) son verdad. Cualquier chimpancé puede avisar a sus compañeros de manada sobre un peligro con un alarido específico que significa: «¡cuidado, un león!». Sin embargo, gracias a lo que este historiador israelí denomina «la revolución cognitiva», sólo los sapiens adquirieron la capacidad para inventar y proclamar la existencia de algo tan falso como extraordinariamente poderoso: «el león es el espíritu guardián de nuestra tribu». Para Harari, esta insólita capacidad para inventar ficciones y, sobre todo, para transformarlas en mitos compartidos por miles e incluso millones de personas, es la clave fundamental para explicar por qué «un simio insignificante» se convirtió en «el amo del planeta».
      En De animales a dioses (Debate/ Edicions 62), la monumental, provocadora y brillante Historia de la Humanidad que acaba de llegar a las librerías españolas tras vender más de 300.000 ejemplares en Israel y traducirse a más de 20 idiomas, Harari disecciona el gran «arma secreta» de nuestra especie: su insuperable capacidad para el autoengaño colectivo. «Un gran número de extraños puede cooperar con éxito si creen en mitos comunes», explica a EL MUNDO el profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, formado en Oxford. «Y ésta es la razón por la que los sapiens dominan el mundo mientras las hormigas comen nuestras sobras y los chimpancés están encerrados en zoos y laboratorios».
      Hoy, a principios del siglo XXI, Harari está convencido de que nuestro poder es tan inmenso que incluso estamos adquiriendo las capacidades que tradicionalmente se han atribuido a las deidades de las religiones: «Cuando digo en el título que somos animales convertidos en dioses, lo digo en un sentido muy literal. En el siglo XXI, gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, estamos a punto de apropiarnos de poderes que siempre se han considerado divinos, como la creación de vida, la eterna juventud, la transformación de nuestra propia naturaleza genética e, incluso, la capacidad de leer la mente mediante cerebros conectados por ordenadores». Pero la gran pregunta con la que se ha atrevido este historiador israelí en su libro es: ¿cómo hemos logrado todo esto en menos de 100.000 años, un minúsculo suspiro, si tenemos en cuenta los 3.800 millones de años que han transcurrido desde la aparición de los primeros seres vivos de nuestro planeta? Para Harari, la respuesta está clara: a diferencia de las manadas relativamente pequeñas de simios o de los clanes de neandertales, nuestra especie ha sido la primera capaz de forjar inmensas redes de cooperación a gran escala: tribus, iglesias, ciudades, imperios, naciones, organismos supranacionales, multinacionales globales... Pero nada de esto hubiera sido posible si los sapiens, como todas las demás especies, sólo pudieran transmitir información sobre cosas que realmente existen, como el peligro de los depredadores o los árboles donde crecen frutos.
      La verdadera clave de nuestra supremacía, según el exhaustivo relato que ofrece Harari en De animales a dioses, es que únicamente nuestra especie es capaz de inventar (y sobre todo de compartir a escala masiva), relatos imaginarios sobre entidades que sólo existen en nuestra fértil mente creativa, desde «el pueblo elegido de Dios» o el «espíritu del pueblo», hasta «la nación libre y soberana» de los estados modernos. «Los mitos son el motor más poderoso de la Historia de la Humanidad, porque han permitido y siguen permitiendo la cooperación de miles y hasta millones de personas. Si examinas cualquier caso de cooperación a gran escala, comprobarás que siempre está basado en algún tipo de relato imaginario. Las personas no tienen ningún instinto para cooperar con extraños y, por tanto, la colaboración en grandes grupos de individuos que no se conocen personalmente entre ellos siempre se basa en ficciones.
      Cuando un mito colectivo tiene éxito, su poder es inmenso porque permite a millones de extraños cooperar y trabajar juntos hacia objetivos comunes», explica Harari. Hasta tal punto esto es cierto, según el historiador israelí, que desde su «revolución cognitiva», los sapiens, de hecho, viven en una «realidad dual»: por un lado, la realidad objetiva de los leones y los árboles, sobre la que también se comunican muchos otros animales; y por otro, la realidad imaginada de dioses y espíritus tribales, ficciones que sólo entienden los imaginativos sapiens, la especie más cuentista, y por eso mismo –según Harari– la más poderosa.
     Hoy, conceptos como «el pueblo elegido de Dios» o «el espíritu de la patria» pueden sonar arcaicos, y quizás muchos piensen que la tesis de Harari sólo sirve para explicar las sociedades humanas del pasado, o las más retrógradas del mundo actual. Sin embargo, el historiador israelí considera que hoy, la importancia de los mitos colectivos para mantener la cooperación humana a gran escala sigue siendo igual de importante, aunque ahora las ficciones dominantes, al menos en los países occidentales, sean no sólo las de las viejas naciones, sino los ideales del «progreso», «la libertad», las «leyes del mercado» o los «derechos humanos», conceptos que para Harari son «igual de ficticios que los antiguos dioses» y «no existen en la naturaleza, sino tan sólo en nuestra propia imaginación». «Si intentáramos agrupar a miles de chimpancés en la plaza de Tiananmen, Wall Street, el Vaticano o la ONU, el resultado sería el pandemonio, pero hoy los sapiens se reúnen regularmente a millares en todos estos lugares», escribe Harari en su libro. «La verdadera diferencia entre nosotros y los chimpancés, tanto en el pasado como hoy mismo, es el pegamento mítico que une a un gran número de individuos, familias y grupos. Este pegamento nos ha convertido en dueños de la creación».

«La colaboración humana a gran escala ha sido posible gracias a nuestra extraordinaria capacidad para inventar mitos colectivos como ‘el espíritu de la tribu’».

«Vivimos en una realidad dual: la realidad objetiva de leones y árboles, y la realidad imaginada de ficciones como dioses, naciones y leyes del mercado».

«Lo que nos diferencia de los chimpancés es el pegamento mítico que une a grandes grupos de individuos y nos ha convertido en los reyes de la creación».

«Ni la revolución agrícola, ni la científica, ni la industrial hubieran sido posibles sin la colaboración entre millones de personas unidas por ideales comunes».

«El éxito evolutivo de nuestra especie se debe a que miles y hasta millones de ‘sapiens’ son capaces de cooperar aunque no se conozcan entre ellos».

     El historiador israelí no niega la importancia de otras habilidades humanas que también fueron determinantes a la hora de explicar nuestro éxito evolutivo, como la capacidad para fabricar y usar utensilios, que posteriormente nos llevaron a las otras grandes revoluciones en la Historia de la Humanidad: la agrícola, la industrial y la científica. Pero Harari insiste que todas estas grandes transformaciones jamás hubieran sido posibles sin que primero miles y después millones de extraños colaboraran juntos y estuvieran dispuestos a sacrificarlo todo, incluyendo sus vidas, por la colectividad. «Einstein era mucho menos diestro con sus manos que un antiguo cazador-recolector. Sin embargo, nuestra capacidad de cooperar con un gran número de extraños ha mejorado de manera espectacular», explica el historiador. Pero aunque Harari tenga razón y resulte innegable que el «pegamento social» de los mitos ha sido un factor crucial en el éxito evolutivo de la especie humana, también es evidente que en muchos momentos de la Historia y, por supuesto, hoy mismo, las mitologías del sapiens también han provocado la muerte de millones de personas. No hay más que fijarse en el conflicto sangriento que se sigue sufriendo ahora mismo en la tierra del propio Harari entre israelíes y palestinos. Cuando se le pregunta sobre este paradójico lado oscuro de las ficciones colectivas, tan poderosas y a la vez tan potencialmente destructivas, el historiador responde: «Si consigues una red de colaboración a gran escala, necesitas que todos sus miembros se crean la misma historia. Pero con frecuencia no consigues que toda la gente se crea el mismo relato, y se generan dos o más grupos, cada uno de los cuales se cree un relato diferente, y con frecuencia antagónico. De hecho, la mayoría de las guerras en la Historia se generan por culpa de conflictos generados por relatos antagónicos, y no se deben a una lucha por recursos». Según Harari, en el conflicto entre israelíes y palestinos «no hay escasez de comida entre el río Jordán y el Mediterráneo». El problema es que hay dos comunidades que rigen sus vidas con «mitologías incompatibles», y de momento «nadie ha sido capaz de reconciliar estas historias antagónicas con un nuevo relato integrador». Pero en todo caso, a pesar del innegable potencial destructivo que pueden desatar las ficciones colectivas, Harari insiste en que siguen siendo indispensables para mantener la cooperación a gran escala en las inmensas sociedades de sapiens. Sin embargo, ¿no sería mucho mejor para el futuro de la Humanidad la expansión de relatos colectivos menos ficticios que los del pasado y más realistas, que dejaran de invocar a dioses y a otras entidades cuya existencia es indemostrable? Ante esta pregunta, Harari insiste que «algún tipo de religión sigue siendo necesaria para el mantenimiento de la cooperación social a gran escala», aunque su concepto de «religión» incluye no sólo a los «dioses» tradicionales, sino también a otras ficciones mucho más modernas: «Las religiones afirman que las normas y las leyes hay que obedecerlas no porque han sido inventadas por humanos, sino porque viene impuestas ‘desde arriba’. Y cuando afirman esto, el significado de ‘arriba’ puede referirse a los dioses, o a las leyes de la naturaleza.
     Algunas religiones, como el cristianismo o el islam, basan la obediencia de las normas y las leyes en una creencia en dioses. Pero otras religiones, como el marxismo, el capitalismo o el liberalismo se basan en supuestas ‘leyes naturales’ que sólo existen en nuestra imaginación». De hecho, para Harari, otro de los dioses de la modernidad ha sido y sigue siendo «la nación soberana», pero cuando se le pregunta sobre lo que está pasando ahora mismo en Escocia y Cataluña, le resta importancia: «Los sentimientos nacionalistas siguen siendo poderosos, pero muchísimo menos que hace 100 años. Si piensas en la Europa de la I Guerra Mundial, los franceses, los alemanes o los ingleses estaban dispuestos a sacrificar millones de vidas por su patria. Pero hoy el nacionalismo en Europa es infinitamente más débil, ha surgido con fuerza un relato sobre la identidad europea, y apenas nadie está dispuesto a sacrificar la vida de sus soldados en una guerra como hace un siglo. Sinceramente, dudo mucho que si Escocia o Cataluña declaran su independencia, el Ejército británico o español envíe tropas. Ni los británicos ni los españoles estarían dispuestos a sacrificar miles de vidas por estos conflictos».
     Harari tiene claro, en todo caso, que los grandes problemas que la Humanidad tiene ahora sobre la mesa son globales, y que ningún estado nacional puede afrontarlos por sí solo. «Hoy, los desafíos a los que no enfrentamos son planetarios: la crisis económica, el cambio climático, y los riesgos de nuevas tecnologías como la manipulación genética, la creación de vida artificial o el desarrollo de algoritmos que van a hacer nuestro
trabajo mejor que nosotros». Por eso, sin duda lo que nuestra especie necesita son libros tan valientes como el de Harari, que se ha atrevido a abarcar la Historia de toda la Humanidad y ofrece un relato mucho más honesto sobre quiénes somos y de dónde venimos, que las viejas ficciones tribales o nacionalistas.
     De animales a dioses concluye con una inquietante reflexión: «A pesar de las cosas asombrosas que los humanos son capaces de hacer, seguimos sin estar seguros de nuestros objetivos y parecemos estar tan descontentos como siempre... Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder». Ojalá el éxito mundial de este libro ayude a los sapiens a orientarse un poco mejor en el laberinto del siglo XXI, para afrontar con mayor éxito los desafíos del futuro.

«La mayoría de las guerras, como la que enfrenta a israelíes y palestinos, no son luchas por recursos, sino conflictos entre mitos o relatos antagónicos».

 «Algún tipo de religión, aunque ya no se base en la idea de un dios sino en ‘leyes naturales’, sigue siendo necesaria para mantener la cooperación a gran escala».

«La nación sigue siendo un dios poderoso, pero infinitamente más débil que en la Europa de la I Guerra Mundial, cuando millones se sacrificaron por la patria».

«Los desafíos del mundo actual, como la crisis económica y el cambio climático, son globales, y por lo tanto, ningún estado puede afrontarlos por sí solo».

«Los ‘sapiens’ somos hoy más poderosos de lo que nunca fuimos, pero estamos tan descontentos como siempre y no sabemos qué hacer con todo nuestro poder».


El historiador israelí Yuval Noah Harari, autor del libro ‘De animales a dioses’.