viernes, 6 de noviembre de 2020

 




PUEBLO DE LA MANCHA

No he seguido el orden de publicación de los relatos en LA GAVETA; es el segundo del libro que quizás debería debería haber sido el primero en publicar, porque los voy publicando según los voy leyendo, un poco a salto de mata, pero el de la Tía Coca me llamó mucho la atención por el vocabulario y la forma en que me sumergía en aquel tiempo pasado y puede que me deslumbrara. Un pueblo de la Mancha nos habla de Tarancón y del centro vital que entonces suponía la plaza de la Constitución y la calle, entonces, Principal, y hoy llamada Zapatería, como se la ha llamado desde hace mucho tiempo por el pueblo llano, aparte de otros nombres que han ido adjudicándole en los diferentes avatares políticos o para honrar algún paisano o político comarcal famosos.

     Es éste un artículo bello, no sólo por su estilo, sino porque nos remonta al Tarancón de una época pasada, quizás arrinconada por los recuerdos de la Guerra Civil del 36, que sucedería unos quince años después, o algún año más y su gran impacto en las gentes, hizo que interesase poco la vida cotidiana de aquella España pobre y atrasada, pero en la que la vida discurría con dignidad, aunque con mucha pobreza y un notable casticismo.

      Es una pena que María Rius no anotase la fecha en que escribió cada uno de sus relatos, o quizás lo hizo y no le dieron importancia a la hora de editarlos años después de su fallecimiento, pero nos hubieran acercado mucho más al tiempo concreto en que los escribió.

      Como iré haciendo en el resto de los relatos, añado al final un Glosario de las palabras que contienen que ya no se utilizan (que marco con un asterisco), y que los de mi edad sí reconoceréis muchas.

      Algunas, que yo conocía sólo de oídas sin saber exactamente su significado, las he podido encontrar en el diccionario de la Lengua Española para describirlas más correctamente, y otras sabía lo que significaban, pero tengo 70 años y creo que la mayoría de los jóvenes no las han oído, o sí, pero quizás muchos no sepan lo que significaban exactamente. Espero que os guste y os transporte a los años 20 y parte de los 30, como a mí.

 ― P.L.O

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II relatoPág. 15

      Las principales arterias nacían en la plaza de la Constitución; en ésta se encontraban los mejores establecimientos, casas acomodadas, el Ayuntamiento, el Juzgado y en los soportales, la ‘Delega’* y el ‘Fielato’*. Las tiendas exhibían sus muestrarios, más elocuentes que los carteles y anuncios, todo ello distribuido con ingenua arbitrariedad. Era atractivo y práctico el reclamo porque así no había confusiones ni titubeos a la hora de hacer las compras.

      El ramujo de olivo en la taberna de Perolo. Las abarcas* y colleras en la del guarnicionero, la bacía en la del barbero y los barriles de arenques* y las ristras de ajos en las puertas de los ultramarinos. Las banderillas y el cartel de toros en la carnecería del tío Luis, el cirujano; las gorras y el acordeón que exhibía el bazar de Collado. Las velas y coronas de latón para los difuntos en la cerería* de Bernabé. Alforjas y mantas en la pañería del Gallego y otras muchas más pintorescas y arbitrarias, pero nada tan sugestivo como el puesto de la tía Pajarilla. Una mesa de tijera llena de cucuruchos y montoncillos multicolores, ambigú* de moscas y paraíso de los chicos, siempre colocado en el sitio más estratégico para engatusarlos con sus chucherías y tentaciones. Allí se arremolinaba la infancia atraída por los nuégados*, torraos*, alajú, palo duz, cigarrillos de chocolate, bengalas, aleluyas*, gomas para los tiradores*, petardos y ‘melencinas’* que, al desinflarse, atronaban los oídos con sus estridentes pitos. Los días crudos de invierno allí estaba la tía Pajarilla, sentada en el taburete y arrebujada en su mantón felpudo.

      Para la primavera sacaba su toquilla de pelo de cabra y en el verano un jubón con un pañolillo anudado al cuello, dándole que le das al mosquero sin tregua, para espantar aquellos asquerosos clientes. Tenía además una tienda bien surtida que desempeñaban sus familiares, mientras ella se ocupaba del puesto, que no era ‘moco de pavo’, todo ello le proporcionaba una situación acomodada. En la calle principal estaba la botica de don Abelino, con sus tarros de pastillas de goma y una lombriz en un bocal* de cristal. Aquel repugnante gusano fue mi pesadilla durante mucho tiempo. La verdad, yo no veía la analogía que pudiera tener con el boticario, ni que allí estuviera colocada para atraer a la clientela, cuando más bien parecía que su misión era ahuyentarla. Una compañera de colegio me dijo, en secreto, que se llamaba ‘solitaria’ y que el boticario la criaba. A mí me daba un asco atroz cuando iba a comprar una porra de azúcar-cande* o ácido de limón*. Volvía la cabeza para no verla. También me horrorizaban aquellas cajitas de diferentes colores que parecían pequeños ataúdes de feto, disimulando bizcochos purgantes muy adornados con puntillas de papel. El boticario se esforzaba por aparecer amable y bonachón. De vez en cuando nos regalaba pastillas de goma, mientras cuchicheaba con las madres de calomelanos* y aceite de hígado de bacalao a troche y moche. Una vez lo sorprendí hablando de cantáridas* y sanguijuelas; yo no sabía el significado de aquellas palabras pero tan grande impresión tuve, que evitaba ir por la botica.

      En aquel pugilato que existía entre médicos y boticarios de: “¿a ver si lo aciertas?”, el boticario tenía fama de ser un experto paleógrafo*, pues no había receta que se le resistiera. Su mortero poseía la clave de aquellos jeroglíficos ilegibles con los polvos de talco, el bicarbonato y alguno que otro mejunje inocuo, ganaba la apuesta y remediaba al enfermo. Parecía imposible que las recetas de un médico muy respetable, que ni él mismo podía descifrar, fueran tan clarividentes para el boticario. Sólo una vez quedó perplejo al leer en una de ellas estas palabras de encantamiento: “Tres viajes a la Chirrina”, pero no dio su brazo a torcer. Consultados nomenclátor y tratados de botica, puso manos a la obra y entre su mancebo* y él compusieron una mixtura en menos de lo que canta un gallo. Pocos días después se tropezó con el médico y al enterarse de que el paciente había mejorado, se decidió a abordarle y le dijo: “Quisiera hacerle una pregunta confidencial, amigo mío, y le pido perdón, por este lapsus en mis conocimientos farmacéuticos: ¿Qué es la “Chirrina”?, le confieso que no he podido encontrarla en mi farmacopea y he debido sustituirla por otro inofensivo vehículo”. El médico se quedó de una pieza. Había cambiado la receta por la nota que debía entregar a su administrador, ordenándole que hiciera tres viajes de mies a una finca de su propiedad. Lo que no se llegó a saber nunca fue cómo le sentó a la Chirrina el mejunje que él había recetado. Aunque quejas parece que no las hubo.

      El boticario tenía patentados varios medicamentos. Entre ellos un ungüento maravilloso de insospechados resultados contra los sabañones. En él quiso inmortalizar el nombre de la mujer amada y lo llamó ‘Sabañonina Chelo’. Fue una revelación sorprendente. No es que desaparecieran los sabañones, no, era algo más asombroso. Al cabo de unas cuantas aplicaciones brotaba un hermoso mechón de pelo que disimulaba y hasta favorecía al sabañón, según el testimonio de uno que lo había experimentado. En vista de ello, cambió la etiqueta y decidió emplearlo contra la calvicie.

      Con el tiempo todo evoluciona, todo cambia. En la botica de don Abelino una mujer obró el milagro con la ayuda del permanganato y el azul de metileno. En vísperas de su boda aparecieron en el escaparate dos rutilantes globos de cristal exhibiendo un líquido azulado el uno, y rojizo en el otro. Desde entonces, no se volvió a ver más el bocal* con la repugnante lombriz.

La Gaveta

 

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GLOSARIO DE TÉRMINOS EN DESUSO

*Abarcas: en Tarancón se les llamaba más popularmente ‘albarcas’. Eran unas sandalias muy resistentes y seguramente incómodas, confeccionadas sus suelas con la goma gruesa de los neumáticos de los coches y con correas de cuero o goma negras para sujetar la suela al pie. Se empleaban sólo en las faenas agrícolas, sobre todo en verano.

*Ácido de limón: Ácido Cítrico cristalizado. En mi infancia lo comprábamos en la droguería de Jarabo, anexa a la farmacia del mismo nombre. Lo vendían en terrones que chupábamos con fruición. Producía profundas llagas en la lengua e interior de los labios, pero curaban pronto y no nos importaba repetir.

*Aleluyas: Cada una de las estampas que forman serie, se vendían juntas o sueltas y solían relatar alguna historia religiosa en pareados.

*Ambigú: Una especie de bufé en el que se ofrecen apetitosos platos a los comensales.

*Arenque: Sardina en salazón. En Tarancón ‘sardinas salás’. Se presentaban en los establecimientos de comestibles en grandes cajas redondas hechas con delgadas tablillas de madera. Las sardinas se colocaban siguiendo el círculo con las cabezas perpendiculares hacia la pared y las colas hacia el centro. Eran muy socorridas, pues la alta salinidad impedía que se echasen a perder. Nunca me gustaron, sobre todo su olor.

*Azúcar cande: Azúcar en cristales grandes, obtenido por un proceso de cristalización muy lento, cuyo color varía desde el blanco transparente y amarillo, al pardo oscuro por agregación de melaza o sustancias colorantes.

* Bacía: Vasija cóncava que por lo general tenía una escotadura cóncava en el borde y se utilizaba para, una vez ceñida al cuello y bajo la barbilla,  no mojar al cliente mientras se le afeitaba, pero la sujetaba el propio cliente mientras era afeitado.

*Calomelanos: Cloruro de mercurio que se empleaba como purgante, y contra la sífilis.

*Cantárida: Insecto coleóptero, que alcanza de 15 a 20 mm de largo, de color verde oscuro brillante y que se emplea en medicina como irritante. También se llaman así las ampollas y llagas que este insecto produce sobre la piel.

*Cerería: Fábrica de velas y otros objetos de cera, como los exvotos (ofrendas) que se hacían a la Virgen de Riánsares para conseguir su ayuda en la curación de un familiar cercano, la mayoría eran brazos, manos, piernas, etc. fabricados en cera y que colgaban arracimados en las paredes de la Ermita de Riánsares.

*Delega: Cuarto situada a la entrada en la puerta de la izquierda, que era el cuerpo de guardia de los ‘Serenos’ (policías municipales), según me informa y corrige mi amigo Tomás Priego, que conocía muy bien la Casa Consistorial. Los Serenos compartían ese espacio con la oficina de cobro del Fielato. Puede que fuese una delegación para cobrarlo en esta zona, lo que podría explicar el nombre abreviado de ‘Delega’.

*Fielato: Oficina a la entrada de las poblaciones en la cual se pagaban los derechos de consumo.

*Mancebo: Joven empleado auxiliar de farmacia.

*Melencina: Vejiga de la orina de los cerdos. En las matanzas, una vez extraída y lavada, se hinchaba de aire, se ataba con una tramilla y se nos daba a los críos para que jugásemos con ella a modo de balón. Acababa reventada a patadas.

*Nuégados: Dulce típico de Tarancón, sobre todo en la festividad de San Antón, patrón de los animales, (especialmente los de labranza), ya desaparecida y con ella aquel rico dulce, elaborado con miel y cañamones sobre una torta horneada.

*Paleógrafo: Especialista en Paleografía (Ciencia de la escritura y de los signos de documentos antiguos).

*Tirador: Arma de bolsillo para niños y mozalbetes que se construía con una horquilla de olivo y dos tiras de goma de rueda de coche y una ‘badana de cuero blando, que permitía arrojar cantos rodados (‘perolas’) a considerable distancia. Hoy el nombre se ha perdido y se le conoce con el cursi madrileñismo “Tirachinas”, pero es que las chinas son como diez veces más pequeñas que las perolas, como prueba, la facilidad con que se meten en el zapato.

*Torraos: Garbanzos tostados.

 

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 NOTA PERSONAL: El estilo de María Rius me recuerda en algunos párrafos al de Gabriel García Márquez en su novela Cien Años de Soledad (Realismo Mágico), aunque se reivindica como la primera novela de este estilo a ‘El Bosque animado’, de Wenceslao Fernández Flórez, escrita en 1934. La Gaveta se escribió por María Rius, posiblemente entre los años 1925 a 1940 y es posible que los relatos, aunque breves, se escribieran a lo largo de varios años.

P. López Ocaña

 





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En Tarancón: Opinión y Cultura

6-11-2020

 

 


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